domingo, 17 de enero de 2010

Inútil homenaje a la música.




Esta es una breve colección de canciones que elijo.
Como el título indica, es algo absolutamente parcial. Con el tiempo irá variando o quizás creciendo. Cualquiera de esos dos conceptos, está íntimamente relacionado con la música.
Algunas aclaraciones al respecto:
  • En principio, tanto Jacov como Yami y Gon me insistieron por que incluya música en el blog. Yo me negué en principio, porque quiero orientar el espacio con lo que dice al principio: al pensamiento, la observación y la reflexión. Pero creo que esto es imposible, teniendo en cuenta que mi persona no solo gusta, sino que depende (en cierto sentido) de la música.
  • En la lista, van a encontrar canciones cuyos géneros son bastante dispersos. No explico nada sobre eso, y añado que incluso desearía que dicha dispersión fuera más amplia, ya lo lograré. Igualmente, hay géneros, como el tango o folclore argentino o la música del altiplano, que me gustan, pero no fueron incluídos. Esto se debe a que la lista fue armada de corrido, y sin ninguna previsión de la misma, lo cual me permitió disfrutarla en el armado.
  • Por último: me hubiera gustado poner "El lenguaje del cielo" (primer tema) en versión originar, y "Desconfío" interpretada por Celeste Carballo (hermosa versión); pero ésto no me fue posible por estar limitado al material de YouTube, exclusivamente. Éste último detalle, también queda de manifiesto en las diferencias de volumen entre un tema y otro. Así que espero que, manejando el volumen, disfruten de la elección.
(En la primer imagen, el gran flaco Spinetta, artista al que desestimé durante mucho tiempo. Será que el tiempo quería que fuera ahora: valoro eso muchísimo. En la segunda, la increíble Loreena McKennitt, simplemente un ángel musical).

miércoles, 6 de enero de 2010

El templo de Tacho... un galpón de Luz.


La siguiente, es una extracción de "Historia de la eternidad", de Jorge Luis Borges, donde, a su vez, se hace una extracción de "El idioma de los argentinos", del mismo autor. Dice:
"Deseo registrar aquí una experiencia que tuve hace unas noches: fruslería demasiado evanescente para que la llame aventura; demasiado irrazonable y sentimental para pensamiento. Se trata de una escena y de su palabra: palabra ya antedicha por mí, pero no vivida hasta entonces con entera dedicación de mi yo. Paso a historiarla, con los accidentes de tiempo y lugar que la declaran.
"La rememoro así. La tarde que precedió a esa noche, estuve en Barracas: localidad no visitada por mi costumbre, y cuya distancia de las que después recorrí, ya dio un extraño sabor a ese día. Su noche no tenía destino alguno; como era serena, salí a caminar y recordar, después de comer. No quise determinarle rumbo a esa caminata; procuré una máxima latitud de probabilidades para no cansar la expectativa de la obligatoria antevisión de una sola de ellas. Realicé en la mala medida de lo posible, eso que llaman caminar al azar; acepté, sin otro consiente prejuicio que el de soslayar las avenidas o calles anchas, las más oscuras invitaciones de la casualidad. Con todo, una suerte de gravitación familiar me alejó hacia unos barrios, de cuyo nombre quiero siempre acordarme y que dictan reverencia a mi pecho. No quiero significar así el barrio mío, el preciso ámbito de la infancia, sino sus todavía misteriosas inmediaciones; confín que he poseído entero en palabras y poco en realidad, vecino y mitológico a un tiempo. El revés de lo conocido, su espalda, son para mí esas calles penúltimas, casi tan efectivamente ignoradas como el soterrano cimiento de nuestra casa o nuestro invisible esqueleto. La marcha me dejó en una esquina. Aspiré noche, en asueto serenísimo de pensar. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio. La irrealizaba su misma tipicidad. La calle era de casas bajas, y aunque su primera significación fuera de pobreza, la segunda era ciertamente de dicha. Era de lo más pobre y de lo más lindo. Ninguna casa se animaba a la calle; la higuera oscurecía sobre la ochava; los portoncitos-más altos que las líneas estiradas de las paredes-parecían obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda era escarpada sobre la calle; la calle era de barro elemental, barro de América no conquistado aún. Al fondo, el callejón, ya campeano, se desmoronaba hacia el Maldonado. Sobre la tierra turbia y caótica, una tapia rosada parecía no hospedar la luz de luna, sino efundir luz íntima. No habrá manera de nombrar la ternura mejor que ese rosado.
"Me quedé mirando esa sencillez. Pensé, con seguridad en voz alta: Esto es lo mismo de hace treinta años... Conjeturé esa fecha: época reciente en otros países, pero ya remota en este cambiadizo lado del mundo. Tal vez cantaba un pájaro y sentí por él un cariño chico, de tamaño de pájaro; pero lo más seguro es que en ese ya vertiginoso silencio no hubo más ruido que el también intemporal de los grillos. El fácil pensamiento Estoy en mil ochocientos y tantos dejó de ser unas cuantas aproximativas palabras y se profundizó en realidad. Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo: indefinido temor imbuido de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra eternidad. Sólo después alcancé a definir esa imaginación.
"La escribo, ahora, así: Esa pura representación de hechos homogéneos-noche en serenidad, parecita límpida, olor provinciano de la madreselva, barro fundamental-no es meramente idéntica a la que hubo en esa esquina hace tantos años; es, sin parecidos ni repeticiones, la misma. El tiempo, si podemos intuir esa identidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, bastan para desintegrarlo.
"Es evidente que el número de tales momentos humanos no es infinito. Los elementales-los de sufrimiento físico y goce físico, los de acercamiento del sueño, los de la audición de una música, los de mucha intensidad o mucho desgano-son más impersonales aún. Derivo de antemano esta conclusión: la vida es demasiado pobre para no ser también inmortal. Pero ni siquiera tenemos la seguridad de nuestra pobreza, puesto que el tiempo, fácilmente refutable en lo sensitivo, no lo es también en lo intelectual, de cuya esencia parece inseparable el concepto de sucesión. Quede, pues, en anécdota emocional la vislumbrada idea y en la confesa irresolución de esta hoja el momento verdadero de éxtasis y la insinuación posible de eternidad de que esa noche no me fue avara."

El señor Pedro, hermano de mi hermano, y en consecuencia gran amigo mío, dijo: "No sé como explicarlo. Para mí, el Tiempo no existe. Es solamente algo intelectual."

sábado, 26 de diciembre de 2009

Gracias Carl.

Nuestra galaxia, la Vía Láctea, tiene alrededor de cuatrocientos mil millones de estrellas.
Propongo el siguiente ejercicio:
Imaginemos una estrella, como el Sol. Eso es extraordinario: esa estrella puede (o no) contener un sistema planetario, un campo gravitatorio con sus objetos atraídos. El diámetro de nuestro sistema solar, por ejemplo, es de unos 30.000 millones de kilómetros.
teniendo en cuenta esto, imaginemos (tratemos de imaginar) no uno, sino ¡cuatro! sistemas de este tipo.
¿Lo logramos ya? Entonces ahora, pensemos en diez veces, eso que acabamos de imaginar.
Ahora, diez veces más (esto ya tiene que estar tardando una media hora, si somos comprometidos).
Ahora, volvamos a multiplicar por diez.
De nuevo, por diez.
Por diez.
Por diez.
Por diez.
Por diez.
Uf!!!
Por diez.
Por diez.
Y nuevamente, por diez.
¿Lo logramos? Esa "idea", es la cantidad de estrellas que hay en nuestra galaxia...
Ah, me olvidaba, también hay miles de millones de galaxias (ya observadas).
¡Qué belleza! Pensar que históricamente nos creímos el centro del Universo...

jueves, 24 de diciembre de 2009

Esta frase es falsa.



La mano viene así.
No voy a ser preciso. Por un lado por falta de información, y por otro, por vagancia ante la búsqueda de la misma.
El tema es que Europa, en el siglo 18 y 19, vive un extraordinario desarrollo científico y matemático.
Surge entonces lo que se llama filosofía matemática: Tras milenios de desarrollo matemático, y un tremendo auge de nuevos descubrimientos de resultados y teoremas, la comunidad matemática comienza a cuestionar las bases de esa edificación de saber.
Entonces se postulan preguntas como: ¿Qué es lo que puede aceptarse como evidente - postulados - y qué no?, y con ello, ejemplos como ¿Qué es un número?
La teoría de conjuntos de la época parece responder, aceptando premisas aparentemente obvias, a esas grandes preguntas. Una de esas premisas, es que puede definirse correctamente un conjunto, como el grupo de objetos o entidades que cumple con determinada condición.
Entonces aparece un señorito llamado B. Russel que pregunta: Bien, ¿Cuál es el conjunto que contiene a todos los conjuntos, que no se incluyen a sí mismos?. Supongamos que llamamos A a dicho conjunto. Entonces se plantea la siguiente contradicción: Si A no está incluido en A, entonces no es el conjunto de todos los conjuntos que no se incluyen a sí mismos (ya que éste no está incluido en sí mismo).
Pero también, si A está incluido en A (en sí mismo), entonces no puede ser un elemento del conjunto (ya que A incluye solo a los conjuntos que no se incluyen a sí mismos).
De esta forma, hay una condición precisa que no define ningún conjunto.
Este tipo de contradicciones se producen, cuando algo afirma algo sobre sí mismo.
Veamos el "valor de verdad" de la frase del título de esta nota: Si la frase es falsa, entonces lo que dice no debe cumplirse. Es decir, queda negado que "esta frase es falsa", y afirmado que la "la frase es verdadera". Esto lleva obviamente a contradicción, pues debería ser falsa y verdadera a la vez. En cambio, si aceptamos que lo que dice la frase el verdadero, entonces "la frase es falsa", y de nuevo la contradicción, es verdadera y falsa.
Por ahí los mareé. Pido que no se sientan mal: como siempre digo, la mayoría de las veces que el "alumno" no entiende, es porque el "profesor" no supo explicarse, no porque él no pueda entender. Así que en ese caso, invito a una segunda lectura y posterior crítica en el espacio de comentarios.
Pero lo que sí quiero señalar, es que este altercado entre Russel y los conjuntistas de la época, provocó un enorme terremoto en la creencia científica de la época.
Fíjense que sutil, y que quilombo produjo.
Este tipo de cosas me hacen volver a creer en el ser humano. Y confiar en que tal vez, no se cumpla nuestro propio pronóstico convertirnos en la primer raza que se autodestruirá (sería un verdadero desperdicio).

Felicidad.

Pensaba.
Miraba el fuego para un asado, y pensaba (el fuego ayuda).
Era noche buena, no estaba feliz. Aclaro: casi siempre me gusta la navidad. No soy religioso, pero me gusta la pantomima de la ceremonia.
En esta ocasión, repito, no estaba feliz.
Venía de visitar a mi papá de la clínica. En consecuencia, es imposible para mí la felicidad posterior (imposible, si). En el tren de vuelta, miraba a una chica joven. Se veía muy bien. No era lo que se dice una linda chica, lo que relucía era su juventud. Y ella se sentía bien de esa juventud, estoy seguro.
Pensaba justamente eso cuando miraba el fuego. Que la felicidad le es posible a una persona, o no le es.
Claro que uno puede incentivar o complicar la llegada de la felicidad, pero no decidirla.
No quisiera que se lea esto como algo pesimista. El pensamiento que me surgía, es que la felicidad, está por arriba de los hombres. Que no sé que, ajeno a las personas, permite o no, que uno sea feliz - no digo en ningún momento que ese algo sea avaro con su permiso, en particular, he sido y suelo ser bastante feliz.
La juventud, la ignorancia, el momentáneo éxito (vinculado con la ignorancia también), la placidez, el sentirse amado, son factores que facilitan la llegada.
Deseo para mí, y para todos los que quiero, esa suerte.

martes, 21 de julio de 2009

Dos fotos.


Simplemente dos fotos medio melancólicas para compartir con mis amigos.

miércoles, 15 de julio de 2009

Aguantenme...

Los que me conocen saben que no me agrada mucho Paensa, pero voy a usar algo que vi en su primer libro (que tampoco es de su autoría).
Se demuestra fácilmente que dos segmentos cualesquiera tienen la misma cantidad de puntos. Para ello, convengamos en que dos conjuntos tienen la misma cantidad de elementos (no importa "cuantos"), si se puede establecer una correspondencia biunívoca entre los elementos de uno y los del otro conjunto. Por ejemplo, el conjuntos de los dedos de la mano que está en el gráfico,tiene la misma cantidad de elementos que el conjunto de dedos del pie. La correspondencia biunívoca se grafica con las líneas rojas (sin importarnos "cuantos" dedos hay en los conjuntos).






















Lo mismo se puede implementar para el conjunto de los puntos de dos segmentos cualesquiera.
El segundo gráfico muestra, con la correspondencia de los extremos (en líneas rojas), de que manera hallar el punto del cual hacer pasar las nuevas rectas que determinarán cómo se relacionan los puntos restantes (un ejemplo está dado por la línea azul). ¿Se entiende esto?
Lo que siempre me llamó la atención, es que, como muestra el ejemplo, a pesar que dos segmentos pueden tener longitudes distintas, la cantidad de puntos que forman uno y otro segmentos, es la misma. Esto significa que un segmento de un milímetro de longitud tiene la misma cantidad de puntos que un segmento de veinte millones de kilómetros de longitud; y así en general.
El último gráfico, muestra que si a una circunferencia le quitamos un punto, la cantidad restante de puntos que la forman, es la misma cantidad de puntos que forman una recta (de longitud infinita). Aunque usted, no lo crea...